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EL INDULTO BICENTENARIO ¿ES EL CAMINO?
''Una reflexión a propósito de la propuesta de la Iglesia Católica.Por Vanessa Ramírez M.''

Asistimos en estos días al revuelo político que ha generado la propuesta de la Iglesia Católica, de incluir a militares en el proceso de Indultos con motivo del Bicentenario. Se reabren para muchos las heridas no sanadas del dolor vivido y, por otra parte, se argumentan razones humanitarias, de misericordia y de clemencia, de cara a la celebración de los doscientos años de la República, sobre la base de la necesidad de avanzar hacia una reconciliación plena en el país.


No he dejado de sorprenderme con la postura de algunos sectores, que señalan que estos indultos que consideran también a militares procesados por violación a derechos humanos en el gobierno militar, son incompatibles con un Estado de derecho, en que no pueden coexistir la amnistía y el indulto. También me han sorprendido los comentarios que desde sectores oficialistas señalan que estos podrían ser una señal de "debilidad e inconsistencia" del actual gobierno frente a su acérrima lucha contra la delincuencia, de cuya parte cualquier gesto indulgente podría además, ser interpretado por otros sectores como aprovechamiento del poder para liberar de sus responsabilidades al gobierno que en otro tiempo respaldaron... Pero, ¿no será que estamos "mezclando peras con manzanas"?


Una primera reflexión que me surge tiene que ver con qué entendemos por Derechos humanos. Si bien por una cuestión pedagógica los ordenamos en derechos de primera, segunda o tercera generación, pienso que no por eso unos quedan supeditados en importancia esencial a los otros. Mi opinión es que atentar contra la vida de las personas, su propiedad privada, su libre pensar, sus opciones políticas, su seguridad social, las condiciones ambientales en que vive, su acceso a las oportunidades de desarrollo, no son cosas que están en categorías distintas, responden a un mismo estatus que es el de la Dignidad humana, consagrada en el primer artículo de la Declaración universal de los derechos humanos, misma que alcanza a todos los que gozamos de la condición de seres humanos, incluso más allá de la moralidad de nuestros actos.


Entonces, las personas que han sido privadas de libertad por su responsabilidad en la violación de estos y otros derechos, por su atentado al orden social, deben cumplir sus penas. Y deben hacerlo, cosa no menor, en un sistema carcelario que es injusto y discriminatorio, por cuanto atenta contra el derecho que también tienen esas personas, a una vida digna. El hacinamiento en las cárceles, la falta de condiciones para una auténtica oportunidad de reinserción social de jóvenes y adultos y el prejuicio social del que son objeto los presos, no pueden dejar de interpelarnos respecto de esta forma de ordenamiento social que muchas veces puede tener sesgos de represión, cuando además se utiliza como amenaza frente a la delincuencia, misma cuyas causas profundas no son abordadas por el conjunto de la sociedad.


También nos interpela la condición de vejez y de enfermedad que afecta a muchos hombres y mujeres encarcelados, que ya han cumplido gran parte de sus condenas y, frente a los cuales pareciera ser que las razones humanitarias para su indulto nos hacen sentido, al igual que los criterios de misericordia y de clemencia... Situaciones estas, que, a mi juicio, merecen tener cabida en la mirada de país que algunos intentan animar.


Y ¿qué decir de los militares condenados por sus delitos de violación a derechos humanos? Son también personas. Entonces, desde un simple silogismo: ¿Podemos excluirlos del alcance de la misericordia y la clemencia? ¿Podemos considerar sus delitos como de "categoría diferente", en verdad?


A mi modo de ver, en este caso el problema no tiene que ver con eso, sino más bien con la problemática no resuelta respecto de lo que ha significado para el país los años de Dictadura y sus efectos concretos en el conjunto de la sociedad, así como en las personas que directamente sufrieron vejámenes a su dignidad y en las familias que aún lloran a los que ya no regresaron. Nuestros intentos de perdón y reconciliación han apuntado principalmente a algunos acuerdos políticos para la transición a la democracia y en algunas medidas compensatorias a familiares y víctimas sobrevivientes, tales como pensiones, prestaciones de seguridad social, becas de estudios, entre otras.


Pero hemos dejado de ver que el perdón y la reconciliación requieren mucho más que eso... Porque se trata de un proceso que debe hacer cada persona. Para que una persona pueda perdonar, hace falta en primer lugar que se le reconozca y se le dignifique en la legitimidad de su dolor, asumiendo los responsables la gravedad de las ofensas, mirándose a la cara ofensor y víctima. Hace falta que las instituciones de nuestro país dejen de "blindar" a los culpables, haciéndonos creer que no podían haber hecho otra cosa en tales circunstancias y entregando a los "carne de cañón" para calmar un poco las pasiones de venganza... Hace falta que los de uno y otro lado que fueron dañados, se sienten a la misma mesa y expresen su dolor, griten su ofensa frente al rostro del enemigo, hablen acerca de las motivaciones de sus actos, dialoguen las causas de los daños inferidos y compartan qué les pasó a ellos y a ellas en su vida, en sus sueños, en su proyecto a partir de lo acontecido. Para que avancen entonces, y sólo entonces, hacia la construcción de puentes por los que puedan transitar, si no para encontrarse, al menos para liberarse del odio que les ha esclavizado por tan largo tiempo, reconciliándose con su propia historia y con quienes la dañaron. (Y preciso que en esta parte hablo en tercera persona con mucho respeto y empatía, porque nadie puede sentirse con derecho a dar recomendaciones si es que no le tocó vivir el dolor en carne propia. Sólo podemos hacernos humildemente solidarios....)
Cuando las heridas causadas en unos y otros han pasado tanto tiempo encubiertas, hace falta cirugía mayor para sacar las costras, airearlas y curarlas de verdad.


Cuánta costra han acumulado los familiares de detenidos y desaparecidos, a quienes por años se les ha ocultado la verdad, se les ha reprimido por el uso de la fuerza en sus manifestaciones, incluso en democracia... A quienes hoy muchos los consideran "pegados en el pasado" y que se ven amenazados a diario por el olvido y la terrible indolencia de una sociedad que pasa enfrente haciéndoles sentir que su dolor no les importa más que a ellos... Cuánta costra y resentimiento y amargura la de esos uniformados que fueron destituidos, humillados, apresados y marginados de las instituciones que constituían su orgullo y su lugar de realización, por el hecho de pensar distinto, por no querer sumarse a la represión, por intentar mantener la cordura en tiempos en que la verdad era dictada por quienes ostentaban el poder...
Cuánta costra y dolor la de aquellos que fueron castigados "por si acaso", porque el vecino envidioso los delató, relegados, exonerados, mirados con desconfianza.


Cuánta la legítima pena y la vergüenza de esas madres de la llamada "burguesía", que veían morir o escapar a sus hijos e hijas con ímpetus revolucionarios, que pensaban distinto de sus padres y que creían en otras causas... Ahí también hay una pena que sanar... Les propongo leer el libro "De Enterezas y Vulnerabilidades: 1973 - 2003. Hablan los mayores", de las autoras Eliana Bronfman y Luisa Johnson, del cual comparto esta frase: "A estas insólitas víctimas que respaldaron y aplaudieron en total complacencia el golpe de Estado, y que por su propio sufrimiento se les develó la realidad de todo". Hay muchos otros ejemplos de heridas vinculadas al tema, que les van a sorprender y sin duda darán luces respecto de lo muy arduo que es el camino del perdón y la reconciliación en nuestro país.


Finalmente, pienso que la propuesta de indulto bicentenario puede ser una valiosa oportunidad para generar procesos que permitan avanzar hacia un auténtico encuentro de perdón y reconciliación. Preguntémosles a las víctimas de todos los sectores qué proponen ellos. Sentémonos como país a la mesa a conversar estos temas, no sólo entre los grandes líderes políticos o religiosos. Invitemos a los hombres y a las mujeres comunes y corrientes de nuestro Chile, a viejos y jóvenes, a trabajadores del mundo rural y urbano, a los que ven violados sus derechos humanos hoy día en el Transantiago, por ejemplo. Invitemos a los pueblos originarios. A las víctimas del terremoto. Invitemos incluso a los candidatos al indulto! Invitemos a que "bajen" a la mesa los que hoy día ostentan el poder político, hagamos una propuesta nueva, entre todos, pero hagámosla en serio, pues ya vemos que la Mesa de Diálogo de los '90 fue un paso, pero no fue suficiente!!


Entre los distintos sectores políticos, sociales, religiosos construyamos puentes, eduquemos en Derechos Humanos y entonces es posible que podamos hacer realidad un Chile reconciliado, más humano y realmente más feliz... pues sigo creyendo que esta aspiración no es una utopía....
• Recomendación de Lectura: "De Enterezas y Vulnerabilidades: 1973 - 2003. Hablan los mayores", de las autoras Eliana Bronfman y Luisa Johnson. Editorial LOM.    

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