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Aturdidos por la consigna
'''' Es curiosa la forma en que una consigna puede instalarse y transformarse en axioma, sin haber sido suficientemente examinada por quienes, como simples parlantes, se limitan a repetirla una y otra vez. Esta conducta no es nueva. Antoine de Saint-Exupéry, ya la había denunciado: el Principito estaba visitando un diminuto planeta, en el cual sólo existía un farol y un hombre que lo prendía y apagaba maquinalmente según una periodicidad rígida, casi esclavizante. Interrogado por el Principito acerca de por qué lo hacía, el farolero le respondió simplemente: “es la consigna”. Ante la réplica del Principito señalándole que no entendía, su interlocutor precisó: “no hay nada que entender... la consigna es la consigna”. El farolero explicó enseguida que antes su oficio era razonable, porque el planeta giraba a una velocidad que le exigía encender y apagar el farol una vez por día; pero que ahora el planeta giraba cada vez más rápido y su tarea se había vuelto agotadora, porque la consigna permanecía idéntica.            Lamentablemente el fenómeno descrito no solo es de cuento. Nuestro país se enfrenta hoy a la propaganda de izquierda, que de tanto repetir la consigna de educación gratuita, estatal y “sin lucro”, ha terminado por persuadir a una cantidad no menor de compatriotas.          No cabe duda que todos aspiramos a una educación primaria y secundaria de calidad para todos, sin discriminación. Todos estamos de acuerdo en que el Estado debe financiar la educación superior, tanto a través de becas como de créditos.  Lo anterior, sin embargo, no implica necesariamente que la educación deba ser estatal y que no deba generar utilidades para quien la imparte.            En el ámbito escolar, cerca del cincuenta y tres por ciento de los padres, ha matriculado a sus hijos en establecimientos particulares subvencionados. El setenta por ciento de los apoderados –según última encuesta CEP– frente a igual costo de matrícula e igual distancia del hogar, prefieren un colegio particular subvencionado sobre uno municipalizado. En el ámbito de la educación superior, es innegable el aporte de universidades –tanto de las tradicionales como de las que no lo son– e institutos privados.            A la luz de estos datos resulta dificil entender que la consigna en cuestión goce de adhesión. Ello tal vez obedezca a que quienes somos partidarios de un modelo en que el Estado tiene un rol subsidiario, en que existe libertad de enseñanza, no hemos sido suficientemente lúcidos para explicar que de materializarse la consigna, aquellos padres que hoy reciben un subsidio del Estado para educar a sus hijos, simplemente lo perderían, quedando con la sola alternativa de enviar a sus hijos a establecimientos educacionales estatales. ¿A quiénes perjudica esto? A todos las familias que no estén en condiciones de pagar un colegio particular sin subvención. Por otra parte, sin la iniciativa privada, la educación superior seguiría siendo un privilegio de pocos. ¿A quién perjudica esto? Nuevamente, a los más pobres.
       La izquierda pretende que la solución al problema se logra convocando un plebiscito. Craso error. No mejorará la calidad de la educación por el solo hecho de acudir a las urnas. La democracia plebiscitaria es propia de sistemas populistas. Dejémoslo para Chávez y Morales.            Desgraciadamente, parte importante de la Concertación, creyendo que ser oposición consiste en infringir al Gobierno la  mayor cantidad de derrotas posible, ha caído en el juego de los sectores más radicales de izquierda. El llamado a ellos es a hacer una oposición responsable, firme, pero a la vez leal, no con el Gobierno, sino con los chilenos. El llamado a los nuestros es a no temer a la impopularidad y marcar el camino que creemos mejor para Chile. El llamado a todos es a tener cuidado, porque entre la democracia y la demogogia hay solo un paso.
      Jaime Barrientos R.
Abogado
Concejal de Valparaíso

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